Observación celeste

Observación celeste

Extracto del Astroglosario de Bruno Huber (traducción: Joan Solé)

La astrología surgió a partir de la observación del cielo de las primeras culturas.

Durante los cuatro milenios anteriores a la Era Cristiana, generaciones de sacerdotes contemplaron cada noche el cielo, constataron que dependiendo de la época del año se repetía cíclicamente la salida y la puesta de las estrellas y las constelaciones, les dieron nombre en función de las formas que veían en ellas y basaron sus calendarios en las mismas. Entre las constelaciones de estrellas descubrieron también las «ovejas errantes» (planetas) y, con una paciencia enorme, aprendieron a calcular su movimiento irregular. Estaban convencidos de que, con estas disposiciones constantemente nuevas, los dioses querían transmitirles cómo debían obrar los humanos.

En cambio, los astrólogos de hoy (en especial los de la generación de después de la guerra) no tienen prácticamente ninguna relación con el cielo. Los programas de ordenador disponibles les permiten calcular los horóscopos de forma muy sencilla y con gran precisión. Los antiguos ni siquiera se lo podían imaginar. Pero, de este modo, nos hemos forzado a bajar la vista desde la bóveda celeste a un papel de dos dimensiones. ¿No nos falta algo?

Evidentemente, hoy ya no se trata de que intentemos arrancar los últimos secretos del cielo mediante una cuidadosa observación. De esto se ocupan los astrónomos. Pero, con toda seguridad, sentiríamos una mayor veneración por el grandioso «arte de los reyes» si a través de la observación fuéramos capaces, por lo menos, de identificar el zodíaco en el cielo, seguir las fases de la Luna o saber en todo momento qué planetas van a poderse ver próximamente.

Quien quiera familiarizarse con el cielo debe tener en cuenta algunos puntos para no desesperar demasiado pronto en la tarea:

1. La observación a simple vista es la más importante y la más satisfactoria.

2. La cercanía de ciudades y urbanizaciones con muchas luces dificulta la visión del cielo (contaminación lumínica), así que es recomendable buscar un lugar aislado. En nuestra latitud, en las montañas (lo más altas posible), el aire es más claro. Y si en vacaciones se viaja a países tropicales o subtropicales, se tiene la oportunidad de disponer de una vista extraordinariamente clara.

3. Las ayudas ópticas (prismáticos) sólo deben utilizarse tras haber conseguido una buena orientación en el cielo. El grado de ampliación no es lo más importante; prismáticos de 8 a 10 aumentos pueden permitirnos descubrir verdaderas maravillas. Depende de la luminosidad. Y ésta depende del diámetro de la lente delantera: para ver más que a simple vista, se necesita por lo menos una apertura de 50 milímetros (con unos anteojos de 10×50 pueden verse claramente las lunas de Júpiter).

4. Las cartas celestes y los calendarios celestes facilitan la orientación en el cielo y nos proporcionan los nombres de los objetos celestes. Pero se debe aprender su lectura. Son especialmente recomendables las cartas celestes giratorias, en las que puede localizarse el cielo visible en una fecha y hora determinadas. Con el tiempo, también es recomendable un anuario celeste (calendario celeste) puesto que enumera y explica los fenómenos y objetos celestes (nebulosas, acumulaciones de estrellas, galaxias, eclipses, cometas, lluvias de meteoritos, etc.). Además, contienen las efemérides astronómicas del curso de los planetas para el año correspondiente.

5. Los telescopios sólo son recomendables tras haber alcanzado un cierto nivel de experiencia con los medios citados anteriormente. Fundamentalmente, existen dos tipos de construcción:

Refractores y reflectores. Para la elección del tipo correcto algunos argumentos prácticos son decisivos.

Los refractores son los clásicos telescopios de lentes. Pueden ser bastante largos en función de la distancia focal que tengan y, si la apertura es grande, pueden ser bastante pesados. Por eso pueden ser demasiado voluminosos para su transporte. No obstante, en algunos telescopios, las propiedades ópticas pueden ser mejores que las de telescopios reflectores de la misma gama de precio. Son los más adecuados para estar montados en un lugar fijo con un trípode muy estable.

Los reflectores son telescopios de espejo que, debido a la corta longitud derivada de su forma de construcción, son los preferidos para distancias focales grandes (grandes ampliaciones). Además, pueden utilizar un trípode más ligero porque, debido a su tamaño, vibran menos. Los de distancias focales pequeñas, incluso pueden llevarse como equipaje de
mano.

De todos modos, los telescopios necesitan un trípode macizo que no vibre. Los trípodes de cámaras de foto no son adecuados. Y en los telescopios también es muy importante la apertura delantera (luz). La mayoría de veces, los de menos de 5 pulgadas (12,5 cm) decepcionan al poco tiempo debido a la distorsión del color y la insuficiente nitidez.

Por otra parte, no debe pretenderse tener demasiada ampliación puesto que, en nuestra latitud, con el actual grado de contaminación lumínica, aún en zonas alejadas de las ciudades, por encima de los 200 aumentos se obtienen imágenes borrosas.

En todo caso, antes de comprar un telescopio es aconsejable tener la opinión de un experto neutral (no sólo la del vendedor).

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